La galantería, esa gran ausente (B-1)

Los tiempos cambian, eso es evidente. Cambian las costumbres, nuestra manera de relacionarnos y también la forma en la que entendemos determinados comportamientos que hace unos años parecían completamente normales. En muchos aspectos estos cambios han supuesto un avance importante, pero no siempre todo lo nuevo tiene por qué ser necesariamente mejor.

Hay costumbres que, quizá por miedo a ser malinterpretadas o por el empeño en etiquetarlo todo, poco a poco se han ido perdiendo. Una de ellas es la galantería.

Durante mucho tiempo, ser galante se entendía simplemente como una muestra de educación, atención y respeto hacia otra persona. Abrir una puerta, ceder el paso, acercar una silla, ayudar con un abrigo o esperar unos segundos para que alguien entre primero eran pequeños detalles que formaban parte de una manera educada de comportarse.

Hoy, sin embargo, determinados gestos de este tipo se interpretan en ocasiones desde una perspectiva completamente distinta. Hay quien considera que abrirle la puerta a una mujer o ayudarla a sentarse responde a una visión anticuada de las relaciones entre hombres y mujeres, como si detrás de cualquier gesto de cortesía tuviera que existir necesariamente una idea de superioridad o inferioridad.

Personalmente, creo que confundir una cosa con la otra es simplificar demasiado.

La verdadera galantería nunca debería partir de considerar a una mujer menos capaz, más débil o necesitada de ayuda. Si alguien abre una puerta, acerca una silla o tiene un detalle amable, no tiene por qué hacerlo pensando que la otra persona no puede hacerlo por sí misma. Lo hace, sencillamente, porque quiere tener una atención.

Y ahí está precisamente la diferencia.

La educación no consiste en hacer por otra persona aquello que supuestamente no puede hacer. Consiste muchas veces en hacer algo que podría hacer perfectamente por sí misma, pero teniendo con ella un gesto de consideración.

Una mujer puede abrir perfectamente la puerta de un restaurante. Naturalmente que puede hacerlo. Pero eso no impide que pueda resultarle agradable que la persona que la acompaña se adelante y se la mantenga abierta. Del mismo modo, cualquier persona puede apartar su propia silla, ponerse su chaqueta o recoger algo que se le haya caído, y aun así agradece que alguien tenga el detalle de ayudarla.

Son cosas diferentes.

Quizá el problema aparezca cuando dejamos de mirar las intenciones y empezamos a analizar cada gesto buscando necesariamente algo negativo detrás.

También sería absurdo pensar que la cortesía debe funcionar solamente en una dirección. La educación y los buenos modales no deberían pertenecer exclusivamente a los hombres ni estar reservados únicamente para las mujeres. Una mujer también puede sujetar una puerta, ceder el paso, ayudar a ponerse un abrigo o tener cualquier otro detalle de cortesía.

Al final hablamos de educación entre personas.

Sin embargo, también es cierto que existen determinadas formas tradicionales de galantería que muchas personas siguen apreciando. Y no debería existir ningún problema en ello mientras ambas partes se sientan cómodas.

Hay mujeres a las que les encanta encontrarse con un hombre atento, educado y detallista. Otras quizá no den ninguna importancia a estas cosas. Ambas posiciones son perfectamente respetables.

Lo que resulta extraño es convertir automáticamente un gesto amable en algo ofensivo.

Porque una cosa es defender, como es lógico, la igualdad entre hombres y mujeres, y otra muy distinta pensar que para conseguir esa igualdad debemos renunciar a determinados códigos de cortesía.

La igualdad no debería estar reñida con la educación.

Un hombre puede considerar a una mujer exactamente igual en derechos, inteligencia, independencia y capacidad y, al mismo tiempo, abrirle la puerta del coche cuando llegan a un restaurante. Una cosa no contradice necesariamente a la otra.

Es más, probablemente una sociedad más educada sería también una sociedad bastante más agradable.

Vivimos cada vez con más prisas. Entramos y salimos de los sitios mirando el teléfono, apenas saludamos en algunos establecimientos, nos cruzamos con otras personas sin levantar la vista y muchas veces hemos perdido esa pequeña atención hacia quien tenemos al lado.

Por eso quizá convendría preservar algunos de esos gestos.

No porque pertenezcan a otra época ni porque debamos volver a modelos sociales del pasado, sino precisamente porque la amabilidad nunca debería pasar de moda.

Abrir una puerta no convierte a nadie en superior.

Aceptar que alguien te la abra tampoco convierte a nadie en inferior.

Es simplemente una puerta que alguien ha tenido la educación de sujetar durante unos segundos.

Y quizá hemos complicado demasiado algo que siempre fue mucho más sencillo.

La galantería, cuando nace del respeto y no de la imposición, puede seguir teniendo perfectamente su lugar en el mundo actual. Igual que lo tienen la amabilidad, la elegancia en el trato, los buenos modales y esos pequeños detalles que hacen que las relaciones entre las personas sean un poco más agradables.

Porque avanzar como sociedad no debería significar necesariamente desprendernos de todo aquello que viene del pasado.

Hay cosas que merece la pena cambiar.

Y hay otras que quizá simplemente merece la pena conservar.

La galantería, esa gran ausente
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